
Cuando cursaba la carrera de Bellas Artes, la principal obsesión del profesorado (y a la sazón, del dócil alumnado), era enseñar a DEFENDER el propio proyecto artístico locuazmente ante la clase, llegar a convencer a los demás de que lo tuyo era arte y porqué lo era.
Profesores como Ruiz de Samaniego llegaban a decir que la obra era "lo de menos" y que era el hecho de saber defender tu obra lo que te iba a abrir un hueco o no en el "circuito" del arte.
El tiempo, en cierto modo, les ha dado la razón...dentro de ese circuito, es la capacidad de colársela a las instituciones lo que te abre camino.
Teniendo en cuenta que en nuestro entorno no existen apenas los coleccionistas privados, ni los Saatchi, ni los mecenas, sino las Consellerías, los Ayuntamientos y los Ministerios, al final la salud del arte "circuitero" y de los que quieren estar en él se basa en saber moverse en ese círculo de subvenciones y prebendas más o menos encubiertas, peajes y servilismos, y buenas relaciones con instituciones públicas comisariadas y "aconsejadas" por los de siempre (entre ellos el propio Samaniego, que eligió, él solito, la representación española en la Biennale de Venezia hace dos años, de ahí que sepa bien cómo funcionan las cosas).
No hay hoy, desde el punto de vista radicalmente pragmático, oficio más útil para el artista que el santo oficio de trepar, medrar y escalar al calor de la política, entiéndase esta palabra en toda su extensión.
El oficio como forma de expresión del talento, y el talento mismo, la fuerza, la expresividad o el valor artístico de la obra y del artista ya no es algo relevante en absoluto para llegar a esas instituciones (que no al público, que permanece ajeno a ellas).
En estas clases de aprendizaje de marketing artístico lo primero que era evidente a ojos del espectador era que ningún alumno se sentía cómodo en ese papel, ni siquiera los que dócil y mansamente lo acogían e incluso justificaban a capa y espada, con la esperanza de entrar cuanto antes a formar parte del club.
El alumno contestatario o simplemente escéptico con la utilidad o necesidad de este tipo de enseñanza era relegado el olvido y al ostracismo de este incipiente amago de "circuito artístico".
Fueron unas clases, sin duda, muy esclarecedoras.
La pregunta es :¿esto es una Facultad de Bellas Artes?...aceptar un estado de las cosas viciado y encaminar la enseñanza al ultrapragmatismo de defenderse dentro de ese entorno de la élite del arte ¿es enseñar honestamente a un alumno el/los oficios artísticos que ha ido a aprender?
Esto es algo así como si en una facultad de Arquitectura se enseñase exclusivamente al futuro arquitecto a "llevarse bien" con concejales de urbanismo y constructores, y se considerase que el hecho de saber diseñar bien una vivienda o inmueble fuese totalmente irrelevante...O como si en una facultad de Económicas se enseñase al futuro economista a forrarse especulando en bolsa en vez de explicarle los fundamentos históricos y sociales de la economía.
Enseñar un oficio o un trabajo no exime de enseñar o al menos advertir sobre las miserias del oficio...otra cosa es convertir esas miserias en el único objeto de estudio, convertir en este caso el artisteo en arte y relegar el arte al limbo.
Sorprende que ese pragmatismo ultra se justifique con el nombre de "libertad" o de "vanguardia" en tanto que la intención de pretender FORMARSE de los poco alumnos indóciles que suele haber en una facultad se etiquete rápidamente como algo conservador y atentatorio contra ese statu quo único, por lo visto, posible.
Una Universidad que se rebaja a perpetuar la costumbre de enseñar al alumnado a moverse como pez en el agua en un sistema enfermo, y que no aspira a enseñar a futuros posibles artistas para curar esas enfermedades al sistema y a la sociedad misma, es una universidad muerta, un espacio para zombies que continuarán generación tras generación ese santo oficio del arte acomodado para todos: los que lo enseñen, los que lo aprendan, (si es que hay algo que aprender aparte de la resignación de que no vas a aprender nada),y los que lo ejerzan enganchados a esta rueda (muy pocos, por cierto, y que no dependen de su propio esfuerzo).
La universidad es el germen de la sociedad futura, y en el campo de las Bellas Artes, la planta que va a nacer ya está marchitada antes de salir del suelo.








