
Uno de los conceptos que más miedo me producen es el de "política cultural". Es un concepto que parte del principio, posiblemente equivocado, de que la Administración debe AYUDAR la labor de creación de los artistas y de la gente de la cultura.
Cada vez son más los creadores de todo tipo que reclaman que las ayudas administrativas no se centren en la CREACIÓN (subvenciones, para entendernos), sino en la DIFUSIÓN de los (buenos) trabajos ya existentes...claro que en la asignación del cartel de BUENOS acabarían influyendo las inclinaciones políticas, cuanto más visibles mejor, de esos productos culturales, y además, es justo pensar que lo bueno debería defenderse por sí sólo en un mercado abierto.
Incluso en el caso de ayudas a la difusión habría que legislar con lupa para evitar que la cultura hacha bajo el paraguas de un determinado gobierno, o con el apoyo de determinada administración, no se convierta en un simple instrumento de poder a favor del (o de los) partido(s) políticos que forman ese gobierno, o esa administración.
Es posible que nuestra tendencia a sobreproteger a la "cultura", (y también la cara más visiblemente negativa, la tendencia a politizarla), provenga de los complejos culturales y la desertificación cultural del franquismo, un periodo en el que la cultura de verdad era prácticamente inexistente, o sometida a un férreo control de la dictadura, con lo cual automáticamente podemos quitarle el nombre de cultura.
Antes, y en los primeros años del durante, la cultura de verdad, la insometible, fué perseguida, exiliada, o directamente aniquilada como un enemigo del poder absoluto y de los que lo detentaban.
Cuando se acabó este negro período, había una ebullición cultural, una olla a punto de abrirse, que recogía la efervescencia macerada en años de silencio impuesto, de oscuridad. Muchos creadores tenían muchas cosas que decir, y de repente, podían decirlo. Madrid, y no sólo Madrid, también Barcelona, Vigo y otras muchas grandes ciudades, se convirtieron en focos de explosión cultural, donde de repente todo era posible, donde la creatividad eclosionaba por sí sola, muchas veces en forma de excesos y otras muchas veces en forma de maravillas, pero casi siempre con una honestidad y una fuerza que no ha vuelto a verse desde entonces. A esto se le llamó la movida, y como toda explosión cultural que se precie no pasó desapercibida a los políticos.
La izquierda española, por entonces invencible en las urnas, fué (y es) tan consciente como el anterior gobierno autoritario de la fuerza de la cultura para mover conciencias, ideas y acciones sociales, así que desde un principio optó por capitalizar, por apadrinar, toda esa efervescencia natural, hacerse su aliado, y no su enemigo (como suele hacer la derecha). Subvencionar no es lo mismo que aniquilar ni que ignorar, obviamente, pero igualmente es una manera util de silenciar, de inutilizar , de desactivar.
El cine, el arte, la cultura, en la España de los 80 y 90 no necesitaba subvenciones, era un barco con las velas llenas de viento que podía llegar a cualquier parte, era una oferta que siempre tenía demanda. Pero de repente surgió de los gobernantes la declaración imperiosa de que había que pagar con dinero público toda esa explosión espontánea y urbana.
Posiblemente la cultura española habría llegado a mucho más de lo que ha llegado si la política no le hubiese dado la mano. La necesidad de decir se unía a la necesidad de escuchar de un pueblo, no hacían falta intermediarios que estropeasen la fiesta...el entrometimiento de los políticos no fué un error, fué un calculado trámite hacia la tranquilidad (la de ellos).
La Ley de Pilar Miró a principios de los 80 recogió por primera vez la idea, llevada a la práctica, de subvenciones anticipadas a la creación cinematográfica.
No hay que ser un sesudo analista para observar, 25 años después, qué es lo que ha conseguido esa ley...lejos de prestigiar al cine español, lo ha enemistado con su propio público, que ve al "sector" (difícilmente puede hablarse en serio de sector sobre algo industrialmente improductivo) como un abrevadero sostenido con apaños y prebendas políticas. Algo que no es del todo justo (en el mundo del cine hay mucha gente, y gente de todo tipo), pero que sí tiene un trasfondo de realidad.
Es muy probable que el cine español hubiera llegado a mejores puertos sin esta ley. En los 70 el cine era algo falto de recursos, muchas veces clandestino, pero sobrado de energía e ilusión en nuestro país.
La sobreprotección posterior quitó la energía a las pantallas, barrió la ilusión y la fuerza de nuestro cine, la creatividad de las cámaras y los guiones, y convirtió a nuestra "industria" cinematográfica en un pobre y aburrido fresco sobre episodios de la guerra civil, visto siempre desde los lugares comunes que exigía el pagador de todo esto (la administración), y creativamente incapaz de aportar nada a nadie.
Tuvo que llegar un británico, Ken Loach, en 1995, para enseñarnos a que se podía hacer una pelicula sobre nuestra guerra civil amena, honesta, buena y conmovedora, sin que para ello hubiera que pedirle dinero a papá estado.
Creo sinceramente que ha sido Ken Loach quien más ha hecho por el cine español (quién inventaria la unión entre estas dos palabras), mostrandonos que el camino hacia la creación no pasa por coger antes el dinero en la ventanilla del ministerio de cultura, sino por contar una historia, y contarla bien.
Pero ese vicio ya ha quedado incrustado en nuestro tejido cultural, y es un poco descorazonador ver como muchos jóvenes muy jóvenes que tienen ganas de hacer cosas reclaman, a la mínima ocasión que tienen para darse a conocer en los medios, subvenciones para lo suyo.
Y muchos (hasta los graffiteros) las consiguen.
Es un hecho que gran parte de la cultura en nuestro país funciona de esta forma viciada. El llamado audiovisual galego copia los mismos vicios que ya hicieron malo al cine español, y la presencia de las ayudas, lejos de ser una llamada a los individuos creativos, lo es para gente que no tiene nada que decir, y que probablemente no lo haría si no tuviera el dinero en la mesa.
El año pasado, sin ir más lejos, la Consellería de Cultura destinaba subvenciones a la creación de cortometrajes "sobre la memoria histórica"...por muy bien que pueda sonar esto (yo soy el primero que cree que muchos asuntos de la guerra y posguerra civil deben ser revisados-pero en serio, no en las películas- y reparados), lo que es cierto es que NUNCA una administración cultural debe intervenir en los contenidos creativos de las obras de los artistas, porque eso es una clara intromisión en la cultura, una manipulación, y además una llamada a la insinceridad que no hace ningún bien a las ideas que dice apoyar.
Si una administración considera la posibilidad de crear un producto audiovisual de determinado tipo, puede hacerlo (o no, obviamente depende del contenido) diréctamente encargándolo, y no incentivando a los creadores teóricamente libres de una manera como esta.
Y bueno, si hablamos del mundo de las artes plásticas, ahí ya me podría extender más de lo que desearía...
El caso es que quizá seamos los propios creadores, el "mundo de la cultura" los que debamos sopesar si realmente vale más nuestra comodidad o nuestra libertad, y sobre todo, qué es lo que valora más el público al que nos debemos, más allá de las palmaditas en la espalda que nos puedan dar los dos o tres que beben de nuestra misma fuente.



4 comentarios:
Un tema peliagudo.
Por un lado las ayudas ayudan al que necesita recursos para crear, por el otro esto acaba con una legión de creadores (o no tanto) perdiendo el culo por ese dinero, algo que va en detrimento de la calidad, y en beneficio de la cantidad.
Estas ayudas a la difusión -que no a la creación-, de existir, (y de administrarse bien) potenciarían la calidad de las creaciones, se potenciarían un trabajo ya hecho, y no tanto un "voy a hacer".
Pero claro, a ver que gobierno tiene los .. de meter mano al asunto, seguro que la muchedumbre de subvencionados se le tiraría encima.. Y eso es lo último que ellos quieren con el actual mecenazgo.
Un tema peliagudo, como dije.
yo creo que la actual forma de subvencionar no es buena ni para ganarse el voto de la gente (la beneficiada, digo)...
Las subvenciones, tal y como están planteadas, irritan a mucha más gente de la que benefician, y de no existir, no serían los creadores los que desertarían de hacerlo (estos seguirían creando igualmente, sin un duro), sino los oprtunistas.
Es mucho más honesto (y eficaz) colaborar institucionalemente , si acaso hay que hacerlo, en la distribución...en Francia, por ejemplo, no existe el sistema de subvenciones previas español (me gustaría saber si existe en algún lugar más que aquí), pero hay una ley de excepción cultural que asigna un mínimo de distribución a las pelis nacionales...esta ley en principio fué tachada de chauvinista y de atentar contra el libre mercado, pero más bien era una manera de establecer una igualdad de condiciones con las distribuidoras americanas que SÍ atentaban contra el libre mercado.
Es una manera de hacer que las pelis autóctonas (si es que esto tiene algún sentido ahora, a mí personalmente me gusta el buen cine sea de donde sea) LLEGUEN a los cines, y allí ya decidirá el público.
Pero sunvencionarlas de antemano no tiene sentido, crea una posición acomodada en creadores y productores, que no tienen que esforzarse por hacer un buen producto, ya que este está pagado y amortizado de antemano.
El sistema actual (en el cine y no sólo en el cine) no es un mecenazgo, sino una manera de tener contecto a un sector potencialmente rebelde, y es este caso los políticos desde luego que lo han conseguido.
interesante blog, saludos
Hola Mariano:
Soy breve, pero en otro momento la seguimos. El caso de Argentina, me parece, es muy similar al de España. Creo que, en definitiva, somos bastante parecidos, lo cual es muy lógico.
La subvenciones para la producción me parecen un tanto discutibles, tal vez las subvenciones a la difusión sean más acertadas. Claro, siempre y cuando no se trate de un sistema prebendario que se basa en utilizar políticamente a los artistas. Lamentablemente, sospecho que actualmente es así.
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